
Epistemologías para una Química Situada: Diálogo
entre Etnociencia y Ciencia Formal desde una
Perspectiva Transdisciplinar
Autora: MSc. Indira Yasmari Aranguren
Asesora de proyectos de formación empresariales
Correo: indiradesarrollo@gmail.com
Código ORCID:
0009-0002-5599-157X
Línea de
Investigación matriz: Gestión Sólida, Efectiva
y Transparente. Eje temático: gestión del conocimiento
Como citar este artículo: Indira Yasmari
Aranguren “Epistemologías para una Química Situada: Diálogo entre Etnociencia y Ciencia Formal desde una Perspectiva
Transdisciplinar” (2025), (1,10)
Recibido: 12/10/2025 Revisado: 15/10/2025 Aceptado: 25/10/2025
RESUMEN
Este estudio plantea una química situada que articula etnociencia, ciencia formal y transdisciplinariedad para transformar la enseñanza universitaria de la química, haciéndola más pertinente a los contextos socioculturales y territoriales. El objetivo general fue construir una cartografía conceptual de las epistemologías que sustentan esta propuesta, ofreciendo principios para el diseño curricular y una agenda de investigación sobre calidad epistémica y justicia cognitiva. La metodología empleó una revisión documental bibliográfica con diseño integrativo y narrativo-crítico, enmarcada en un paradigma interpretativo-constructivista. Se analizaron artículos, libros y documentos programáticos (1988-2025) de bases como Scopus, SciELO y Dialnet, utilizando análisis de contenido y temático para identificar categorías y tensiones (Whittemore y Knafl 2005; Braun y Clarke 2006). Los resultados destacan: (i) una objetividad responsable (Haraway 1988; Santos 2009); (ii) marcos transdisciplinares para integrar saberes (Nicolescu 2002; Morin 2001); (iii) aprendizaje como navegación epistémica (Aikenhead 1996; Bang y Medin 2010); (iv) etnociencia como modelos prácticos (Toledo y Barrera-Bassols 2008); y (v) producción de conocimiento con pertinencia social y rigor (Gibbons et al. 1994). La discusión subraya que la química situada reconfigura el rigor científico desde la equidad y la relacionalidad, proponiendo diseños didácticos que conecten ciencia y comunidad. En conclusión, la química situada enriquece la formación universitaria al integrar saberes diversos, promoviendo profesionales que aborden problemas complejos con rigor y responsabilidad ética. Se ofrecen principios para currículos contextualizados y una agenda para evaluar aprendizajes situados, fortaleciendo los vínculos entre universidad y territorios.
Palabras clave: Química situada, etnociencia, transdisciplinariedad, aprendizaje situado, justicia cognitiva.
Reseña Biográfica: Ingeniera Química (UCV), Magíster en
Administración, mención Gerencia General (UNELLEZ). Doctorante
en Ciencias de la Educación (UNESR). Docente universitaria en Química y asesora
de proyectos de formación empresarial. Reside en Sector Las Delicias I, calle
principal, casa N° 6, Biruaca, Estado Apure.
Epistemologies for a
Situated Chemistry: Dialogue Between Ethnoscience And
Formal Science from a Transdisciplinary Perspective
Author: MSc. Indira Yasmari Aranguren
Business training project
advisor
Email:
indiradesarrollo@gmail.com
ORCID Code:
0009-0002-5599-157X
Main Research Line: Solid, Effective, and Transparent Management. Thematic
Axis: Knowledge Management
How to
cite this article: Indira Yasmari Aranguren “Epistemologies for a Situated
Chemistry: Dialogue between Ethnoscience and Formal Science from a
Transdisciplinary Perspective” (2025), (1,10)
Received: 12/10/2025
Revised: 15/10/2025 Accepted: 25/10/2025
ABSTRACT
This study proposes a situated chemistry that
articulates ethnoscience, formal science, and transdisciplinarity
to transform university chemistry teaching, making it more relevant to
sociocultural and territorial contexts. The overall objective was to construct
a conceptual mapping of the epistemologies that underpin this proposal,
offering principles for curriculum design and a research agenda on epistemic
quality and cognitive justice. The methodology employed a bibliographic
documentary review with an integrative and narrative-critical design, framed
within an interpretive-constructivist paradigm. Articles, books, and program
documents (1988–2025) from databases such as Scopus, SciELO,
and Dialnet were analyzed, using content and thematic
analysis to identify categories and tensions (Whittemore and Knafl 2005; Braun and Clarke 2006). The results highlight:
(i) responsible objectivity (Haraway 1988; Santos
2009); (ii) transdisciplinary frameworks for integrating knowledge (Nicolescu
2002; Morin 2001); (iii) learning as epistemic navigation (Aikenhead 1996; Bang
and Medin 2010); (iv) ethnoscience as practical models (Toledo and
Barrera-Bassols 2008); and (v) knowledge production with social relevance and
rigor (Gibbons et al. 1994). The discussion emphasizes that situated chemistry
reshapes scientific rigor from a perspective of equity and relationality,
proposing didactic designs that connect science and community. In conclusion,
situated chemistry enriches university education by integrating diverse knowledge,
promoting professionals who address complex problems with rigor and ethical
responsibility. Principles for contextualized curricula and an agenda for
assessing situated learning are offered, strengthening the links between
universities and regions.
Keywords: Situated chemistry, ethnoscience, transdisciplinarity, situated learning, cognitive justice.
Biographical Note: Chemical Engineer (UCV), Master's
in Administration, specializing in General Management (UNELLEZ). PhD
candidate in Educational Sciences (UNESR). University professor of chemistry
and advisor for business training projects. Resides in Sector Las Delicias I,
Main Street, House No. 6, Biruaca, Apure State.
Introducción
La enseñanza de la química en la universidad
enfrenta desafíos que demandan una reflexión profunda. Los currículos, a menudo
fragmentados, priorizan la especialización técnica y prácticas de laboratorio
desconectadas de los problemas reales de los territorios. En este contexto,
proponer una química situada no es un ejercicio retórico, sino un cambio
epistemológico y pedagógico. Este enfoque reconoce que el conocimiento químico
se construye en contextos socioculturales específicos y debe responder a
desafíos concretos con criterios de validez claros.
Por ello, la química situada implica integrar la
ciencia formal con saberes locales, promoviendo un diálogo entre la academia y
las comunidades. En este sentido, Haraway (1988) argumenta que repensar la
química requiere orientarla hacia prácticas de indagación, diseño y evaluación
con pertinencia social (p. 45). Su concepto de conocimientos situados redefine
la objetividad: no como una visión descontextualizada, sino como una
responsabilidad ética desde el lugar donde se produce el saber (p. 56). Este marco
invita a explicitar las posiciones, intereses y límites que guían las
decisiones curriculares y metodológicas en el aula y el laboratorio.
Asimismo, la etnociencia
enriquece este diálogo al documentar clasificaciones, técnicas y criterios de
validación anclados en la experiencia comunitaria. Por ejemplo, Toledo y
Barrera-Bassols (2008) destacan cómo prácticas como la fermentación o el uso de
colorantes naturales condensan relaciones ecológicas, éticas y materiales (p.
12). Estas “microteorías” comunitarias pueden
dialogar con la química académica sin perder su densidad cultural. De manera
similar, Verran (2001) muestra que las lógicas no occidentales, presentes en
prácticas escolares, desafían universalismos simplistas (p. 34).
Por otro lado, la transdisciplinariedad ofrece un
marco robusto para articular estas perspectivas. Nicolescu (2002) propone una
lógica del “tercero incluido” que conecta niveles de realidad, evitando
reduccionismos (p. 34). Este enfoque permite integrar la ciencia formal, la etnociencia y las necesidades territoriales en proyectos
educativos que aborden problemas complejos, como la calidad del agua o la
sostenibilidad de materiales.
En paralelo, el aprendizaje situado,
conceptualizado por Lave y Wenger (1991), sugiere que el aprendizaje ocurre
mediante la participación en comunidades de práctica (p. 29). Esto implica
diseñar experiencias donde los estudiantes resuelvan problemas reales junto a
actores locales. Aikenhead (1996) y Jegede (1999) refuerzan esta idea al
describir el aprendizaje científico como un cruce de fronteras culturales,
gestionando conflictos cognitivos mediante aprendizajes colaterales (pp. 45,
34). Bang y Medin (2010) complementan esta visión al proponer la “navegación de
múltiples epistemologías”, permitiendo a los estudiantes articular registros
culturales sin reemplazar unos por otros (p. 1008).
En este marco, este artículo construye una
cartografía conceptual de las epistemologías que sustentan una química situada.
A través de una revisión narrativa e integrativa de literatura indexada, se
sintetizan: (i) la integración de etnociencia,
transdisciplinariedad y aprendizaje situado; (ii)
principios para diseñar cursos de química que respondan a problemas
territoriales; y (iii) una agenda de investigación
para evaluar la calidad epistémica y la justicia cognitiva en la educación
química. La meta es trazar caminos para un diálogo riguroso entre formas de
saber que comparten un mismo mundo.
Desarrollo
1. Conocimientos Situados: Responsabilidad
Epistémica
El conocimiento químico no surge en el vacío; se
produce en contextos específicos, con posiciones e intereses definidos. Haraway
(1988) subraya que la objetividad es una “racionalidad posicionada” que exige
responsabilidad por el lugar desde donde se enuncia (p. 589). En educación
química, esto implica diseñar experiencias que consideren los contextos,
lenguas y valores de los estudiantes, contrastando, por ejemplo, qué se
considera “evidencia” en un laboratorio académico versus un huerto comunitario.
El autor desmonta la idea de una ciencia neutra al proponer que el conocimiento
es siempre situado. Su frase, “la única manera de encontrar una visión más
amplia es estar en algún lugar en particular” (p. 589), enfatiza que la
objetividad surge de la transparencia sobre las condiciones de producción del
saber, un principio clave para una química que dialogue con saberes locales.
2. Etnociencia: Modelos
Culturales Operativos
La etnociencia estudia
cómo las comunidades clasifican y explican el mundo natural. Sturtevant (1964)
la define como la “reducción del caos” lograda por una cultura específica (p.
54). En química, esto implica reconocer clasificaciones locales de suelos,
plantas o minerales como modelos cognitivos válidos, no como errores. Estas
prácticas, como la dosificación o la extracción, pueden integrarse en el
laboratorio académico para enriquecer la enseñanza. El autor resalta que los
sistemas de clasificación cultural no son meras curiosidades, sino esquemas
operativos que ordenan la experiencia. Esto legitima el estudio de saberes
locales como bases para proyectos educativos que conecten la química con
problemas reales.
3. Memoria Biocultural: Saberes Tradicionales
Toledo y Barrera-Bassols (2008) definen la
memoria biocultural como el conjunto de conocimientos, lenguas y prácticas
ecológicas acumuladas por comunidades (p. 12). Técnicas como el secado o la
fermentación contienen “microteorías” químicas
implícitas que pueden traducirse en modelos académicos de cinética o
reactividad, fortaleciendo la relevancia social de la química. La noción
de los autores de una memoria “triple” (genética, lingüística, cognitiva)
destaca la riqueza de los saberes tradicionales. En educación, esto permite
vincular prácticas comunitarias con conceptos químicos, promoviendo un
aprendizaje contextualizado y respetuoso.
4. Ciencia Formal: Normas y Límites
La ciencia formal se rige “por normas como el
universalismo y el escepticismo organizado” (Merton 1973, p. 267). En una
química situada, estas normas se articulan con criterios comunitarios, como la
sostenibilidad, en diseños didácticos que equilibren rigor técnico y
pertinencia cultural. Por lo que, sistematiza las normas científicas como
pilares de la producción de conocimiento. Aplicadas a la química situada, estas
normas garantizan la trazabilidad y apertura de datos, permitiendo un diálogo
equitativo con saberes locales sin sacrificar el rigor.
5. Transdisciplinariedad: Conexión de Realidades
Nicolescu (2002) propone una lógica del “tercero
incluido” que conecta niveles de realidad (p. 34). En química, esto se traduce
en proyectos que integren modelos químicos, variables sociales y normativas,
como el tratamiento de aguas, donde la solución trasciende lo técnico para
convertirse en un proyecto epistémico compartido. El autor ofrece
una herramienta lógica para superar dicotomías entre ciencia y saberes locales.
Su enfoque permite diseñar experiencias educativas que aborden problemas
complejos desde múltiples perspectivas, enriqueciendo la formación química.
6. Producción de Conocimiento en Contexto
Gibbons et al. (1994) destacan que “el
conocimiento contemporáneo se produce en contextos de aplicación, con
colaboración heterogénea y criterios de pertinencia social” (p. 3). En química,
esto implica codesñar proyectos con comunidades,
evaluando resultados con métricas técnicas y sociales. Por lo tanto,
subrayan la necesidad de una ciencia socialmente relevante. En el aula, esto se
traduce en proyectos que combinen análisis químico con consideraciones de
impacto social, como la aceptabilidad de soluciones técnicas por parte de las
comunidades.
7. Aprendizaje Situado: Comunidades de Práctica
Lave y Wenger (1991) conciben “el aprendizaje
como una participación progresiva en comunidades de práctica” (p. 29). En
química, los estudiantes aprenden al resolver problemas reales, como el mapeo
de calidad de agua, con tutores y protocolos que faciliten la traducción entre
registros culturales. A su vez, enfatizan que el aprendizaje es un
proceso social y contextual. En química, esta perspectiva fomenta experiencias
auténticas que conectan conceptos teóricos con prácticas comunitarias,
promoviendo un aprendizaje significativo.
8. Diálogo de Saberes: Justicia Cognitiva
Santos (2009) aboga por una “ecología de saberes”
que promueva la justicia cognitiva (p. 60). En el aula, esto implica establecer
criterios de calidad compartidos entre la academia y las comunidades,
asegurando equidad en la validación del conocimiento. Por lo tanto, destaca
la importancia de reparar asimetrías epistémicas. En química, su propuesta guía
la creación de protocolos que respeten tanto los estándares científicos como
los criterios culturales, garantizando un diálogo equitativo.
Metodología
Paradigma y Enfoque
El estudio se enmarcó en un paradigma
interpretativo-constructivista con orientación transdisciplinar. El
conocimiento se concibe como una construcción situada, emergente del diálogo
entre marcos teóricos y fuentes documentales. La transdisciplinariedad, actúa
como principio integrador, articulando etnociencia,
educación química y estudios sociales de la ciencia. Se adopta una “postura
naturalista sobre la validez, asegurando credibilidad y transferibilidad”
(Lincoln y Guba 1985, 23).
Tipo y Diseño
Se realizó una revisión documental bibliográfica
con un diseño integrativo y narrativo-crítico. Este enfoque combina “estudios
empíricos y conceptuales para mapear constructos y tensiones” (Whittemore y Knafl 2005; Snyder 2019). Se incorporaron prácticas de
revisiones sistemáticas para garantizar transparencia, “manteniendo la
flexibilidad de una síntesis teórica” (Grant y Booth 2009, 9).
Unidades de Análisis y Alcance
-
Unidades: Artículos arbitrados, libros, capítulos
académicos y documentos programáticos (p. ej., marcos curriculares).
-
Idiomas: español.
-
Período: 1988–2025, iniciando con Haraway (1988).
-
Fuentes: Scopus, Web of Science, ERIC, SciELO, Redalyc, Dialnet, y editoriales académicas (SAGE, Routledge, Springer).
Criterios de Elegibilidad
Inclusión: Publicaciones con aportes sustantivos
a la educación química, etnociencia o
transdisciplinariedad.
Exclusión: Textos sin relación clara con el tema, opiniones breves o literatura
gris no verificable.
Técnicas de Recolección y Análisis
-
Fase I: Revisión de títulos y resúmenes para verificar
pertinencia.
-
Fase II: Evaluación de textos completos para aportes
conceptuales.
-
Instrumentos: Matriz de extracción y código
preliminar para codificación consistente (Saldaña 2016).
-
Análisis: Análisis de contenido (Krippendorff
2018) y temático (Braun y Clarke 2006) para identificar categorías y patrones.
Resultados
1.
Objetividad Situada y Justicia Cognitiva: Haraway
(1988) y Santos (2009) coinciden en rechazar universalismos abstractos,
promoviendo una objetividad responsable y equitativa. Cajete (2000) añade una
ontología relacional, enfatizando el cuidado (p. 56).
2.
Transdisciplinariedad y Complejidad: Nicolescu
(2002) y Morin (2001) ofrecen marcos complementarios para integrar saberes,
evitando dicotomías y organizando problemas complejos (pp. 34, 39).
3.
Aprendizaje como Navegación: Aikenhead
(1996), Jegede (1999), y Bang y Medin (2010) describen el aprendizaje como un
tránsito entre epistemologías, apoyado por comunidades de práctica (Lave y
Wenger 1991).
4.
Etnociencia: Toledo y
Barrera-Bassols (2008) y Verran (2001) destacan la validez de prácticas
comunitarias, advirtiendo contra traducciones reductivas.
5.
Producción de Conocimiento: Gibbons et
al. (1994) y Merton (1973) proponen combinar pertinencia social con normas
científicas, asegurando rigor y relevancia.
Estos resultados delinean un marco robusto para
una química situada que articula rigor científico y pertinencia social. Su
importancia radica en ofrecer una base teórica y práctica para transformar la
educación química, promoviendo un aprendizaje que no solo forme profesionales
competentes, sino también ciudadanos capaces de responder a desafíos
territoriales con responsabilidad ética y cultural.
Discusión
La química situada reconfigura el rigor
científico desde la responsabilidad y la pertinencia. Haraway (1988) y Santos
(2009) fundamentan una objetividad que articula equidad y relacionalidad.
Nicolescu (2002) y Morin (2001) proporcionan herramientas para integrar lógicas
diversas. La etnociencia, según Toledo y
Barrera-Bassols (2008), ofrece modelos prácticos, mientras Verran (2001)
advierte sobre traducciones cuidadosas. Gibbons et al. (1994) y Merton (1973)
equilibran pertinencia y rigor. Las tensiones persisten en la conmensurabilidad
de ontologías y la evaluación de aprendizajes abiertos, señalando una agenda de
investigación futura. En conjunto, estos hallazgos resaltan una educación
química que trasciende el aula, conectando la ciencia con las necesidades de
las comunidades y fomentando una práctica científica más inclusiva y
contextualizada.
Conclusiones
La química situada emerge como un enfoque
transformador que articula etnociencia, ciencia
formal y transdisciplinariedad para redefinir la enseñanza universitaria. A
través de una revisión documental rigurosa, se lograron tres aportes clave: (i)
una cartografía conceptual que clarifica las epistemologías de una química
situada, integrando conceptos como conocimientos situados, memoria biocultural
y aprendizaje situado; (ii) principios operativos
para diseñar currículos y experiencias pedagógicas que aborden problemas
territoriales, como la calidad del agua o el manejo de materiales, mediante
proyectos colaborativos con comunidades; y (iii) una
agenda de investigación que prioriza indicadores de calidad epistémica y
justicia cognitiva, abordando vacíos en la evidencia empírica sobre química
situada en la educación superior.
Desde esta perspectiva, situar el conocimiento no
compromete el rigor científico; más bien, lo enriquece al explicitar supuestos,
alcances y límites, y al incorporar criterios de validación comunitarios. Los
estudiantes aprenden química participando en comunidades de práctica,
resolviendo problemas reales y navegando múltiples epistemologías con apoyo
pedagógico. Por ejemplo, analizar técnicas de fermentación local permite
conectar conceptos de cinética química con criterios culturales de seguridad y
eficacia, fortaleciendo la relevancia del aprendizaje.
Asimismo, la química situada fomenta una
formación profesional que equilibra precisión técnica con responsabilidad
social. En el aula, esto se traduce en secuencias didácticas que pasan de la
observación contextual a la modelización molecular y la argumentación basada en
evidencias. Los indicadores de éxito incluyen la capacidad de los estudiantes
para traducir entre registros locales y científicos, empleando analogías
fundamentadas y deliberando sobre el impacto de sus decisiones.
En síntesis, este trabajo ofrece un marco
teórico-práctico para una educación química que responde a los desafíos del
siglo XXI. Al integrar saberes diversos, promueve profesionales capaces de
enfrentar problemas complejos con rigor, creatividad y compromiso ético. La
química situada no solo enriquece la formación académica, sino que también
fortalece los vínculos entre la universidad y los territorios, contribuyendo a
una ciencia más justa y pertinente.
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