
Voces del
territorio: interpretaciones hermenéuticas sobre el significado de las
medicinas ancestrales en la salud y el bienestar de la primera infancia
Autora: Esp. María Elizabeth Tovar
C.E.I María de la Concepción
palacios y blanco
Correo: lapepita1421@gmail.com
ORCID: https//orcid.org/0009-0007-4939-3916
Como citar este
artículo:
María Elizabeth Tovar “Voces del territorio: interpretaciones
hermenéuticas sobre el significado de las medicinas ancestrales en la salud y
el bienestar de la primera infancia” (2026), (1,20)
Recibido: 09/03/2026
Revisado: 12/03/2026
Aceptado: 19/03/2026
RESUMEN
La salud de
la primera infancia no puede comprenderse de manera cabal si se ignora el
conjunto de saberes que los pueblos originarios han construido y transmitido a
lo largo de generaciones. En muchas comunidades latinoamericanas, las medicinas
ancestrales constituyen el primer recurso terapéutico al que acuden las
familias cuando un niño enferma, y sin embargo, este acervo de conocimientos
rara vez es reconocido por los sistemas formales de salud y educación. El
presente artículo tiene como propósito interpretar hermenéuticamente el
significado que las medicinas ancestrales adquieren en el cuidado y la
promoción del bienestar de los niños y niñas en la primera infancia, a partir
de un análisis bibliográfico de fuentes académicas provenientes de los campos
de la educación intercultural, la etnobotánica, la medicina tradicional y las
ciencias sociales. La metodología adoptada corresponde al enfoque
bibliográfico-hermenéutico, mediante el cual se seleccionaron, analizaron e
interpretaron documentos pertinentes al problema de estudio. Los resultados
muestran que las medicinas ancestrales no se reducen a prácticas curativas
aisladas, sino que configuran un sistema articulado de saberes que vincula la
naturaleza, el cuerpo, la comunidad y la espiritualidad. Asimismo, se evidencia
que la transmisión de estos saberes ocurre en espacios cotidianos y
relacionales, y que su reconocimiento en contextos educativos puede fortalecer
la identidad cultural y el bienestar integral de la infancia. Se concluye que
integrar estos conocimientos en los discursos pedagógicos y sanitarios
representa una deuda histórica con los pueblos que los han preservado.
Palabras
clave: medicinas ancestrales, primera infancia,
hermenéutica, saberes tradicionales, interculturalidad en salud.
Reseña Biográfica: Especialista en
educación inicial. Ingreso en el 2010 en el C.E.I NIÑO SIMÓN actualmente cumplo
función como docente de aula desde el 2011 En C.E.I María Concepción palacios y
blanco
Voices of
the territory: hermeneutic interpretations on the meaning of ancestral
medicines in early childhood health and well-being
Author: Esp. María
Elizabeth Tovar
C.E.I. María de la Concepción
Palacios y Blanco
Email:
lapepita1421@gmail.com
ORCID: https://orcid.org/0009-0007-4939-3916
How to cite this article: María Elizabeth Tovar, " Voices of the territory: hermeneutic interpretations on the meaning of
ancestral medicines in early childhood health and well-being" (2026), (1,20).
Received: 09/03/2026 Revised: 12/03/2026 Accepted: 19/03/2026
ABSTRACT
Early
childhood health cannot be fully understood if the body of knowledge that
Indigenous peoples have built and transmitted over generations is ignored. In
many Latin American communities, ancestral medicines constitute the first
therapeutic resource that families turn to when a
child falls ill; however, this wealth of knowledge is rarely recognized by
formal health and education systems. This article aims to interpret
hermeneutically the significance of ancestral medicines in the care and
promotion of the well-being of young children, based on a bibliographic
analysis of academic sources from the fields of intercultural education, ethnobotany, traditional medicine, and the social sciences.
The methodology adopted is a bibliographic-hermeneutic approach, through which
documents relevant to the research problem were selected, analyzed, and
interpreted. The results show that ancestral medicines are not limited to
isolated healing practices, but rather constitute an articulated system of
knowledge that links nature, the body, the community, and spirituality.
Furthermore, it is evident that the transmission of this knowledge occurs in
everyday and relational spaces, and that its recognition in educational
contexts can strengthen cultural identity and the holistic well-being of
children. It is concluded that integrating this knowledge into pedagogical and
health discourses represents a historical debt to the peoples who have
preserved it.
Keywords:
ancestral medicines, early childhood, hermeneutics, traditional knowledge, interculturality in health.
Biographical
Sketch: Specialist in early childhood education. I joined
the Niño Simón Early Childhood Education Center in
2010 and have been working as a classroom teacher since 2011 at the María Concepción Palacios y Blanco Early Childhood
Education Center.
Introducción
En el panorama contemporáneo de las ciencias de la salud y la educación,
la primera infancia ocupa un lugar de singular importancia. Los primeros años
de vida no solo son determinantes para el desarrollo cognitivo, emocional y
físico del ser humano, sino que constituyen el periodo en el que se asientan
los vínculos más profundos entre el individuo, su familia y su comunidad. Sin
embargo, en muchas regiones de América Latina, el cuidado de la salud infantil
no se produce exclusivamente dentro de los márgenes del sistema biomédico
occidental. Por el contrario, persiste y se actualiza un universo paralelo de
prácticas, plantas, rituales y conocimientos que los pueblos originarios han
legado de generación en generación: las medicinas ancestrales.
Este fenómeno no es marginal ni residual. Según la Organización Mundial
de la Salud (OMS 2019, 44), alrededor
Del ochenta por ciento de la población mundial
recurre a alguna forma de medicina tradicional como primera instancia de
atención. En las comunidades indígenas y campesinas de Ecuador, Colombia, Perú,
Bolivia y otros países andinos, este porcentaje es aún más elevado, y el uso de
plantas medicinales, sobadas, limpias y preparados rituales forma parte del
cotidiano familiar desde edades muy tempranas.
Esta realidad coexiste, a veces de manera tensa, con los marcos
normativos y curriculares de los sistemas de salud y educación formal, que
raramente incorporan o valoran estos saberes en términos de equivalencia
epistemológica. La relevancia académica y social de esta problemática es
considerable. Desde la perspectiva de la educación intercultural, la
invisibilización de los saberes ancestrales en el ámbito del cuidado infantil
reproduce lógicas coloniales que deslegitiman formas de conocimiento que han
demostrado su eficacia y su pertinencia cultural a lo largo de siglos.
En este sentido, autores como Mignolo (2003, 14) han planteado que “la
colonialidad del saber impone una jerarquía epistémica que relega los
conocimientos indígenas a un segundo plano, privando a las comunidades de su
capacidad de autodeterminación y de reconocimiento cultural.” Cabe preguntarse,
en consecuencia, qué significan las medicinas ancestrales para las comunidades
que las practican, y de qué manera ese significado se articula con el bienestar
y la salud de los niños y niñas durante sus primeros años de vida. Esta
pregunta no admite una respuesta unívoca ni estrictamente clínica; requiere, en
cambio, una aproximación interpretativa que sea capaz de captar la densidad
simbólica, relacional y cultural de estos saberes. De ahí que el presente
estudio adopte un enfoque hermenéutico, orientado a comprender los sentidos que
los textos académicos disponibles atribuyen a las medicinas ancestrales en
relación con la primera infancia.
El objetivo del artículo es, por tanto, interpretar hermenéuticamente el
significado que las medicinas ancestrales adquieren en el cuidado y la
promoción del bienestar de los niños y niñas en la primera infancia, mediante
el análisis de bibliografía especializada proveniente de los campos de la
educación intercultural, la etnobotánica, la medicina tradicional y las ciencias
sociales.
Desarrollo
Las medicinas ancestrales: hacia una
comprensión integral
El concepto de medicinas ancestrales no remite únicamente a un conjunto
de plantas o remedios empíricos transmitidos de boca en boca. Supone, más
profundamente, un sistema de conocimiento que integra dimensiones físicas,
simbólicas, comunitarias y espirituales en torno al proceso de
salud-enfermedad-curación. Para comprender su alcance, resulta imprescindible
recurrir a los aportes teóricos de autores que han abordado la cuestión desde
una perspectiva no reduccionista. En ese sentido, Lozoya y Zolla (1983, 20)
señalan que la medicina tradicional mexicana, y por extensión las medicinas
tradicionales latinoamericanas; constituye un "sistema médico
complejo, dotado de una lógica interna coherente, de recursos terapéuticos
propios y de una cosmovisión que integra al ser humano con la naturaleza y el
cosmos". Esta conceptualización merece una lectura detenida.
De este modo, la referencia a una lógica interna coherente implica que
las medicinas ancestrales no son un conjunto caótico de creencias, sino un
sistema estructurado de saberes que posee sus propias categorías diagnósticas,
sus criterios de eficacia y sus principios explicativos. Esta lógica no siempre
es traducible a los códigos de la medicina occidental, pero eso no la vuelve
irracional ni inferior; la hace diferente, y esa diferencia exige un esfuerzo
hermenéutico genuino para ser comprendida desde adentro.
Asimismo, la idea de recursos terapéuticos propios sugiere que estas
medicinas no son simplemente precursoras o versiones deficitarias de la
farmacología moderna, sino que operan con instrumentos específicos, plantas,
rituales, oraciones, manipulaciones corporales; que tienen sentido dentro de su
propio marco de referencia. Cabe considerar, además, que la mención a la
cosmovisión como elemento articulador revela algo fundamental: en las medicinas
ancestrales, la salud no es un estado individual y abstracto, sino una
condición relacional que involucra al ser humano, a su entorno natural y a
dimensiones que van más allá de lo estrictamente orgánico. Esta integralidad
es, precisamente, uno de los rasgos que las hace especialmente significativas
para el cuidado de la primera infancia, etapa en la que el niño aún no ha separado
su existencia de la del entorno familiar y comunitario que lo sostiene.
Por otro lado, Moerman (2002, 88) plantea que los sistemas médicos
tradicionales operan a través de lo que denomina el "efecto de
significado, entendido como la capacidad de los símbolos, rituales y narrativas
culturales para producir cambios fisiológicos y emocionales en el organismo.
Según este autor, "la curación no es solo una respuesta bioquímica; es
también una respuesta a los significados que rodean el acto terapéutico". Esta
perspectiva abre una dimensión analítica de gran riqueza. Si se acepta que la
curación no es un evento puramente orgánico sino también semiótico, entonces
las medicinas ancestrales poseen una potencia terapéutica que no puede ser
evaluada únicamente mediante ensayos clínicos controlados.
El ritual de preparar un té de hierbas medicinales con la abuela, la
imposición de manos de un curandero, o la recitación de una oración mientras se
frota el vientre de un niño con aceites de plantas, producen efectos que no se
reducen a sus principios activos químicos. Producen, sobre todo, un efecto de sentido: el
niño, y sus cuidadores; experimenta que está siendo atendido, reconocido y
envuelto por una red de significados comunitarios que lo sostienen. Desde esta
perspectiva, desestimar estas prácticas por no superar el umbral de la medicina
basada en evidencia implica desconocer una dimensión constitutiva del proceso
terapéutico que ningún ensayo clínico puede capturar en su totalidad.
Igualmente, esta lectura permite comprender por qué los saberes
ancestrales resultan particularmente pertinentes para la primera infancia: en
los primeros años de vida, el niño no es aún capaz de abstraer su experiencia
del cuerpo, por lo que las intervenciones que actúan sobre el significado —es
decir, que cuidan también el vínculo, la presencia y el ritual, tienen una
eficacia que trasciende lo meramente farmacológico.
Interculturalidad y reconocimiento epistémico
El debate sobre las medicinas ancestrales no puede desvincularse del
debate más amplio sobre la interculturalidad y las asimetrías epistémicas que
atraviesan los sistemas educativos y sanitarios de América Latina. Walsh (2009,
33) sostiene que la interculturalidad crítica "no se limita a reconocer o
incluir lo diferente dentro de la estructura establecida, sino que cuestiona
las condiciones estructurales, epistémicas y coloniales que han producido esa
diferencia y esa jerarquía". Esta afirmación tiene consecuencias directas
para el análisis que aquí se propone.
Por ello, sostener que la interculturalidad crítica cuestiona las
condiciones estructurales que producen la jerarquía epistémica equivale a
sostener que no basta con añadir las medicinas ancestrales como un apéndice
folclórico al currículo educativo o al protocolo sanitario. Lo que se requiere,
desde esta perspectiva, es una transformación de los marcos de valoración y
legitimación del conocimiento, de modo que los saberes indígenas puedan ser
reconocidos en sus propios términos y no solo en la medida en que se aproximen
o se validen a partir de los criterios de la ciencia occidental.
Esta distinción es crucial: el reconocimiento superficial o
folclorizante de las medicinas ancestrales puede en realidad reforzar la
asimetría que pretende corregir, si no va acompañado de una revisión crítica de
los presupuestos epistemológicos que sostienen la hegemonía del saber
biomédico. En el contexto de la primera infancia, esto implica que los
programas de educación inicial y los servicios de atención temprana deberían
estar en condiciones de dialogar genuinamente con los marcos de salud propios
de las comunidades a las que sirven, en lugar de imponer un modelo único de
cuidado que desconoce o patologiza las prácticas ancestrales.
En este orden de ideas, Quijano (2000, 66) analiza la colonialidad del
poder como un patrón que organiza la sociedad en función de la racialización
del conocimiento, subordinando los saberes de los pueblos originarios a la
lógica del capital y de la ciencia occidental. Para este autor, "la
colonialidad del saber implica la represión de los modos de producción de
conocimiento de los colonizados, sus patrones de producción de sentido, su
universo simbólico". Esta conceptualización resulta iluminadora para comprender
las resistencias que enfrentan las medicinas ancestrales en los sistemas
formales.
Si se acepta que la colonialidad del saber opera reprimiendo y
deslegitimando los modos de producción de conocimiento de los pueblos
originarios, entonces la persistencia de las medicinas ancestrales puede leerse
como un acto de resistencia cultural que desafía, desde lo cotidiano, esa
represión histórica. Las familias que recurren a plantas medicinales,
curanderas o parteras para atender la salud de sus hijos no solo están haciendo
una elección terapéutica; están afirmando, aunque a veces sin saberlo
explícitamente, la vigencia y la legitimidad de un sistema de conocimiento que
el poder colonial intentó suprimir.
Esta dimensión política del cuidado ancestral raramente aparece en los
estudios clínicos, pero es fundamental para comprender por qué la preservación
de estas prácticas tiene implicaciones que van más allá de la salud individual
y se articulan con la lucha más amplia por la autodeterminación cultural de los
pueblos. A su vez, este análisis interpela a los educadores y agentes de salud
para que no reproduzcan, en sus intervenciones cotidianas, la lógica colonial
de desvalorizacion de los saberes comunitarios.
La primera infancia como territorio de saberes
en disputa
La primera infancia ha sido históricamente un campo de disputa entre
diferentes concepciones del cuidado, el desarrollo y el bienestar. Desde las
perspectivas hegemónicas, el niño pequeño es objeto de intervención técnica y
curricular; desde las perspectivas comunitarias e indígenas, es un ser
relacional cuyo desarrollo está inseparablemente ligado al territorio, a la
familia ampliada y a los saberes ancestrales. Bronfenbrenner (1987, 222)
ofreció, desde la psicología ecológica, un modelo que resulta útil para pensar
estas tensiones. Según este autor, "el desarrollo humano es el proceso por
el cual el individuo en crecimiento adquiere una concepción más amplia y
diferenciada del ambiente ecológico, y se motiva y se vuelve capaz de llevar a
cabo actividades que revelan las propiedades de ese ambiente, lo sostienen o lo
reestructuran".
El concepto de ambiente ecológico en Bronfenbrenner no se limita al
entorno inmediato del niño, sino que incluye los sistemas más amplios, familia,
comunidad, cultura, que condicionan y moldean su desarrollo. Esta concepción
sistémica permite entender por qué las medicinas ancestrales no son un elemento
externo o accesorio en la vida de los niños de comunidades indígenas, sino una
parte constitutiva de su ecosistema de desarrollo. Cuando una abuela prepara
una infusión de manzanilla y llantén para calmar el llanto de su nieto, no solo
está administrando un remedio herbal; está transmitiendo un saber, construyendo
un vínculo intergeneracional, comunicando al niño que existe un sistema de
cuidado que lo precede y lo sostiene.
Desde la perspectiva de Bronfenbrenner, interrumpir este proceso
mediante la medicalización compulsiva del cuidado infantil equivale a
empobrecer el ambiente ecológico del niño, privándolo de un conjunto de
recursos simbólicos y relacionales que son fundamentales para su desarrollo
integral. Cabe considerar, además, que esta lógica de cuidado ecológico y
comunitario es especialmente relevante en contextos de pobreza y exclusión
social, donde los sistemas formales de salud son inaccesibles o culturalmente
distantes, y donde las medicinas ancestrales constituyen el tejido de seguridad
que sostiene la vida de los más vulnerables.
En una dirección convergente, Vygotski (1995) sostiene que el desarrollo
de las funciones psicológicas superiores no puede entenderse al margen de los
instrumentos culturales que una comunidad pone a disposición del niño. Para
este autor, "el aprendizaje humano presupone una naturaleza social
específica y un proceso mediante el cual los niños acceden a la vida
intelectual de aquellos que les rodean". Esta premisa tiene implicaciones
profundas para el análisis que aquí se propone. La vida intelectual de aquellos
que rodean al niño incluye, en comunidades con tradiciones medicinales vivas,
los saberes sobre plantas, los rituales de curación, las narrativas sobre el
cuerpo y la enfermedad. Si el desarrollo del niño está mediado por los
instrumentos culturales que su entorno pone a su disposición, entonces la
transmisión de los saberes ancestrales de salud no es un evento paralelo al
desarrollo cognitivo, sino uno de sus canales privilegiados.
El niño que aprende a identificar una planta medicinal, a preparar un
ungüento o a participar en un ritual de sanación está desarrollando, al mismo
tiempo, capacidades observacionales, memorísticas, comunicativas y simbólicas
que constituyen la base de su inteligencia práctica. De esta forma, los saberes
ancestrales de salud no solo cuidan el cuerpo del niño; cuidan también su
mente, su identidad y su pertenencia cultural. Ignorar este vínculo en los
programas de educación inicial es, en el mejor de los casos, una omisión
teórica; en el peor, una forma de empobrecimiento cultural que se ejerce sobre
los más pequeños.
La transmisión intergeneracional del saber
médico ancestral
Uno de los aspectos más fascinantes de las medicinas ancestrales es la
manera en que se transmiten. A diferencia del conocimiento biomédico, que se
adquiere fundamentalmente a través de la instrucción formal y la escritura, el saber
médico ancestral se transmite de manera oral, práctica y relacional. Aikenhead
y Ogawa (2007) señalan que los conocimientos indígenas "se aprenden en
contextos de práctica, observación y participación guiada, y están
profundamente enraizados en las relaciones intergeneracionales y en la
experiencia directa con el mundo natural". Esta caracterización del
aprendizaje indígena como situado, práctico y relacional ofrece una perspectiva
que enriquece sustancialmente la comprensión de cómo se forma el saber médico
en los contextos comunitarios.
El niño que crece en una familia con tradición herbalista no aprende
sobre plantas medicinales estudiando un libro, sino acompañando a su abuela al
huerto, observando cómo selecciona las hojas, escuchando los relatos sobre para
qué sirve cada planta y participando en la preparación de los remedios. Este
aprendizaje, además de transmitir información técnica, construye identidad,
pertenencia y responsabilidad comunitaria. Cabe considerar que este proceso de
transmisión es en sí mismo una práctica pedagógica, aunque no reconocida como
tal por los sistemas formales de educación. La escuela y el centro de
desarrollo infantil que ignoran estos procesos de aprendizaje comunitario se
privan de aliados naturales y reproducen una brecha cultural que, a la larga,
aliena al niño de sus propias raíces. Asimismo, la dimensión intergeneracional
de esta transmisión revela que las medicinas ancestrales no son solo un
conjunto de técnicas, sino un tejido vivo de relaciones que une pasado,
presente y futuro en la persona de los niños y niñas que las aprenden.
De manera complementaria, Toledo y Barrera-Bassols (2008) proponen el
concepto de memoria biocultural para referirse a "el conjunto de
conocimientos, prácticas y creencias que las comunidades han acumulado sobre
los ecosistemas a lo largo del tiempo, y que se mantiene viva mediante la
práctica cotidiana y la transmisión oral". Esta noción resulta
especialmente pertinente para el análisis que aquí se realiza. La memoria
biocultural no es solo una metáfora: remite a un proceso real de codificación y
reproducción del conocimiento que opera en escalas temporales muy largas y que
involucra tanto a los individuos como a los colectivos.
Las medicinas ancestrales son, en este sentido, una expresión
privilegiada de la memoria biocultural de los pueblos indígenas: en ellas se
condensa milenios de observación, experimentación y reflexión sobre las
relaciones entre el cuerpo humano y los organismos del entorno. Esta densidad
histórica es precisamente la que las hace irreemplazables: no se trata de
saberes que puedan ser improvisados o reinventados en unos pocos años, sino de
patrimonios cognitivos que han tardado generaciones en consolidarse y que, una
vez perdidos, difícilmente pueden recuperarse. En este orden de ideas, el
cuidado de la salud infantil a través de medicinas ancestrales no es solo una
elección terapéutica familiar; es también un acto de preservación del
patrimonio biocultural de la humanidad. Esta perspectiva otorga una dimensión adicional
de urgencia al reconocimiento y al fortalecimiento de estas prácticas, tanto en
los sistemas de salud como en los educativos.
Metodología
El presente estudio se orientó en
el paradigma interpretativo de las ciencias sociales, cuyo propósito
fundamental no es la explicación causal de fenómenos observables, sino la
comprensión de los sentidos, significados y experiencias que los sujetos y los
textos producen en torno a la realidad social. Dentro de este paradigma, la
investigación adopta un diseño bibliográfico-hermenéutico, que consiste en la
selección, lectura, interpretación y análisis crítico de fuentes documentales
con el fin de construir una comprensión profunda y reflexiva sobre el objeto de
estudio.
El fundamento metodológico de este enfoque se apoya en la tradición
hermenéutica de las ciencias del espíritu, tal como fue sistematizada por
Gadamer (1998), quien sostiene que "comprender es siempre un
acontecimiento que se produce en la fusión de horizontes entre el intérprete y
el texto, y que no puede reducirse a la aplicación de un método externo al
proceso mismo de comprensión". Esta afirmación es central para justificar
la elección metodológica adoptada en este trabajo. Si la comprensión es un
acontecimiento situado, dialógico y nunca del todo objetivable, entonces la
investigación hermenéutica no puede pretender la neutralidad ni la distancia
que postulan los enfoques positivistas.
Por el contrario, exige que el investigador reconozca su propia posición
interpretativa, sus prejuicios y sus horizontes de comprensión, y los someta a
la confrontación productiva con los textos que analiza. En el caso del presente
estudio, esto implica asumir que la lectura de los documentos sobre medicinas
ancestrales y primera infancia es ya, en sí misma, un acto interpretativo que
está mediado por las categorías teóricas, las experiencias y los compromisos
epistémicos del investigador.
Los criterios de selección de los documentos analizados respondieron a
los siguientes parámetros: pertinencia temática directa con las variables del
estudio (medicinas ancestrales, primera infancia, interculturalidad en salud);
reconocimiento académico de los autores en sus respectivos campos; diversidad de
perspectivas disciplinares (educación, etnobotánica, medicina, filosofía,
ciencias sociales); y representatividad geográfica latinoamericana, con
inclusión de autores de referencia internacional.
El procedimiento de análisis se desarrolló en cuatro fases. En una
primera fase de lectura comprensiva, se realizó una lectura global de cada
texto seleccionado con el propósito de identificar las ideas centrales y los
presupuestos teóricos de cada autor. En una segunda fase de análisis
conceptual, se extrajeron las categorías y conceptos relevantes para las
variables del estudio, prestando especial atención a las tensiones y paradojas
que cada texto revela. En una tercera fase de interpretación hermenéutica, se
realizó una lectura en profundidad de los fragmentos más significativos,
buscando el sentido implícito, los supuestos no dichos y las implicaciones que
cada planteamiento tiene para el problema investigado. Finalmente, en una
cuarta fase de síntesis integradora, se articularon los hallazgos de los diferentes
textos en una narrativa coherente, identificando convergencias, tensiones y
aportes originales al campo de estudio.
Resultados
Las medicinas ancestrales como sistema
integrador y no como práctica aislada
Uno de los hallazgos más consistentes del análisis documental es que los
autores revisados convergen, desde perspectivas diversas, en caracterizar las
medicinas ancestrales como un sistema articulado de saberes y prácticas que no
puede reducirse a sus componentes individuales. Lozoya y Zolla (1983), Moerman
(2002) y Toledo y Barrera-Bassols (2008) coinciden en señalar que la eficacia
de estas medicinas no reside exclusivamente en las propiedades farmacológicas
de las plantas o los procedimientos técnicos de los sanadores, sino en el
conjunto de relaciones simbólicas, comunitarias y cosmológicas que les otorgan
sentido. Este hallazgo tiene implicaciones directas para el debate sobre la
integración de las medicinas ancestrales en los sistemas formales de salud: si
se extraen únicamente los componentes activos de las plantas medicinales,
descontextualizándolos de su trama cultural, se obtiene un producto
farmacológico, pero se pierde el sistema de cuidado. La primera infancia es
especialmente sensible a esta dimensión sistémica del cuidado, dado que los niños
pequeños no están en condiciones de separar la experiencia del remedio de la
experiencia del vínculo y del ritual que lo acompañan.
La transmisión del saber ancestral como
proceso pedagógico comunitario
Un segundo hallazgo relevante se relaciona con la naturaleza pedagógica
de la transmisión del saber médico ancestral. Aikenhead y Ogawa (2007) y Toledo
y Barrera-Bassols (2008) describen procesos de aprendizaje que, desde el punto
de vista de la teoría educativa contemporánea, corresponden a lo que se denomina
aprendizaje situado, participativo e intergeneracional. El análisis de estos
planteamientos revela que la transmisión de los saberes medicinales no es un
evento puntual de instrucción, sino un proceso continuo, difuso y profundamente
contextualizado que ocurre en los espacios cotidianos de la vida comunitaria.
Este hallazgo invita a replantear la noción de educación que subyace a
los programas de desarrollo infantil temprano: si se acepta que el niño aprende,
también sobre salud y cuidado, en los contextos de práctica comunitaria,
entonces la articulación entre el centro educativo y la comunidad no es un
complemento deseable, sino una condición epistemológica de una educación
verdaderamente intercultural.
La colonialidad como obstáculo estructural al reconocimiento
de los saberes ancestrales
Un tercer hallazgo, de carácter más crítico y estructural, emerge del
análisis de los textos de Walsh (2009), Quijano (2000) y Mignolo (2003). Los
tres autores, desde perspectivas complementarias, identifican en la
colonialidad del saber el principal obstáculo para el reconocimiento equitativo
de las medicinas ancestrales en los sistemas formales. Este obstáculo no es
meramente ideológico o cultural; tiene expresiones institucionales concretas:
currículos que no incluyen saberes indígenas, protocolos sanitarios que
desconocen las prácticas comunitarias, legislaciones que regulan el uso de
plantas medicinales desde marcos farmacéuticos que no contemplan la dimensión
ritual y simbólica de estos saberes. El análisis hermenéutico de estos textos
permite concluir que la transformación de esta situación requiere no solo
políticas de inclusión, sino una revisión crítica de los marcos epistemológicos
que sostienen las instituciones educativas y sanitarias.
El bienestar infantil como fenómeno
ecosistémico y cultural
Un cuarto hallazgo articula los aportes de Bronfenbrenner (1987) y
Vygotski (1995) con los planteamientos de los autores que abordan las medicinas
ancestrales. El análisis revela que ambas tradiciones teóricas, la psicología
del desarrollo y los estudios sobre saberes indígenas, coinciden en afirmar que
el bienestar del niño es un fenómeno que no puede comprenderse al margen del
entorno cultural en el que se produce. Las medicinas ancestrales, leídas desde
el modelo bioecológico de Bronfenbrenner y desde la teoría sociocultural de
Vygotski, no son prácticas externas al desarrollo infantil, sino parte
constitutiva del ecosistema de cuidado que lo posibilita. Este hallazgo tiene
consecuencias directas para los programas de atención a la primera infancia:
sugiere que la calidad del cuidado no puede evaluarse únicamente en función de
indicadores biomédicos, sino que debe incluir la riqueza y la pertinencia
cultural del entorno simbólico en el que el niño crece.
Discusión
Los hallazgos descritos en el apartado anterior permiten establecer un
diálogo crítico y productivo con los autores revisados, a la vez que revelan
las implicaciones más profundas de la problemática estudiada. En primer lugar,
la convergencia entre Lozoya y Zolla (1983), Moerman (2002) y Toledo y
Barrera-Bassols (2008) en torno a la naturaleza sistémica de las medicinas
ancestrales plantea una interrogante de fondo para los sistemas de salud
latinoamericanos: ¿es posible una verdadera integración intercultural de estas
medicinas sin que ello implique su fragmentación y descontextualización? La
respuesta que emerge del análisis hermenéutico es que no.
La interculturalidad en salud no puede ser un proceso de apropiación
selectiva de los elementos técnicos de las medicinas ancestrales, sino que debe
ser un proceso de diálogo genuino que respete la integridad y la coherencia
interna de estos sistemas. En la práctica, esto implica diseñar servicios de
salud que sean capaces de operar en un marco de pluralismo médico, en el que
las diferentes tradiciones terapéuticas sean reconocidas como igualmente
legítimas. En segundo lugar, la tensión que emerge entre los textos de Walsh
(2009), Quijano (2000) y Mignolo (2003), por un lado, y los planteamientos de
organismos internacionales como la OMS, por otro, revela la dificultad de
articular un discurso institucional sobre la medicina tradicional que no
reproduzca lógicas de apropiación o de tolerancia condescendiente. La OMS
reconoce la importancia de la medicina tradicional, pero lo hace
fundamentalmente desde criterios de eficacia y seguridad que son propios del
marco biomédico.
Esta reconducción de los saberes ancestrales hacia criterios externos a
ellos mismos es precisamente lo que autores como Quijano y Walsh critican como
colonialidad. La discusión que se abre aquí no tiene una resolución sencilla,
pero sí una dirección: el reconocimiento de las medicinas ancestrales debe
partir de la escucha genuina de los pueblos que las practican, y no de la
adaptación de esas prácticas a marcos normativos que les son ajenos.
Por otra parte, la confluencia entre Bronfenbrenner (1987), Vygotski
(1995) y los autores que trabajan sobre saberes indígenas abre una perspectiva
especialmente fecunda para el campo de la educación inicial. Si el desarrollo
del niño está mediado por los instrumentos culturales de su entorno, y si las
medicinas ancestrales son uno de esos instrumentos, entonces los programas de
educación inicial que operan en contextos indígenas o interculturales deberían
incorporar de manera activa estos saberes en su propuesta pedagógica.
Esto no significa simplemente añadir una actividad de plantas
medicinales al currículo, sino repensar los fundamentos del cuidado y del
aprendizaje desde una perspectiva que reconoce la pluralidad cultural como un
valor y no como un problema. De esta forma, la educación inicial podría
convertirse en un espacio de encuentro entre los saberes comunitarios y los
conocimientos académicos, en lugar de ser, como ocurre actualmente en muchos
contextos, un espacio de imposición cultural que aliena al niño de su herencia.
Igualmente, cabe problematizar la ausencia, en la mayoría de los textos
revisados, de la voz directa de las comunidades. El corpus analizado está
compuesto principalmente por académicos que hablan sobre los saberes indígenas,
no necesariamente por integrantes de esas comunidades que hablan desde su
propia experiencia. Esta limitación epistemológica es reconocida por los
propios autores del campo de los estudios decoloniales, quienes han señalado la
paradoja de un discurso académico sobre la pluralidad epistémica que, sin
embargo, sigue siendo producido desde los márgenes de la academia occidental.
Esta reflexión no invalida los hallazgos del presente estudio, pero sí los
contextualiza y los invita a ser completados con metodologías participativas
que den voz directa a los sabedores y cuidadores comunitarios.
Conclusiones
El análisis hermenéutico realizado en el presente estudio permite
formular conclusiones que responden al objetivo planteado desde una perspectiva
integral y reflexiva. En primer lugar, las medicinas ancestrales no pueden ser
comprendidas como un conjunto de remedios empíricos de valor incierto, sino
como un sistema de conocimiento integral que articula lo orgánico, lo
simbólico, lo relacional y lo cosmológico en torno al proceso de
salud-enfermedad-curación. Esta caracterización no es un recurso retórico, sino
una descripción del modo en que estas medicinas operan y producen efectos en
quienes las practican. Para la primera infancia, este carácter sistémico e
integral es especialmente relevante, dado que los niños pequeños viven el
cuidado como una experiencia total que no separa el cuerpo del afecto, ni el
remedio del vínculo.
Asimismo, la transmisión intergeneracional de los saberes medicinales
ancestrales constituye en sí misma una práctica pedagógica de gran riqueza, que
desarrolla en los niños competencias cognitivas, emocionales e identitarias que
los currículos formales raramente logran estimular. El aprendizaje de los
saberes ancestrales ocurre en los espacios cotidianos de la vida comunitaria, a
través de la observación, la participación y la relación con los mayores, y
está profundamente enraizado en el territorio y en la memoria biocultural de
los pueblos. Reconocer esta dimensión pedagógica de las medicinas ancestrales
implica ampliar la noción de educación más allá de los límites del aula y del
currículo oficial.
A su vez, la colonialidad del saber constituye el principal obstáculo
estructural para el reconocimiento equitativo de las medicinas ancestrales en
los sistemas formales de salud y educación. Esta colonialidad no es un fenómeno
del pasado, sino una lógica activa que se reproduce en los criterios de
validación del conocimiento, en los protocolos sanitarios y en los diseños
curriculares de los programas de atención a la primera infancia. Superar este
obstáculo requiere no solo políticas de inclusión, sino una transformación más
profunda de los marcos epistemológicos que sostienen las instituciones, en la
dirección de una interculturalidad crítica que reconozca la pluralidad del
conocimiento como un valor y no como un problema de gestión cultural.
Por lo tanto, el bienestar de los niños y niñas en la primera infancia
es un fenómeno ecosistémico que no puede reducirse a indicadores biomédicos. El
cuidado que ofrecen las medicinas ancestrales incluye dimensiones relacionales,
simbólicas y culturales que son fundamentales para el desarrollo integral de
los niños en sus primeros años de vida. Los programas de atención a la primera
infancia que operan en contextos interculturales tienen la responsabilidad —y
la oportunidad— de incorporar estos saberes en su práctica cotidiana, no como
un complemento exótico, sino como parte constitutiva de una concepción del
bienestar infantil que sea capaz de honrar la diversidad de los mundos en los
que los niños crecen.
En suma, el presente estudio contribuye a visibilizar la profundidad y
la relevancia de los saberes medicinales ancestrales para el cuidado de la
primera infancia, y formula un llamado a las comunidades académicas y a los
tomadores de decisiones en salud y educación para que asuman con seriedad el
diálogo intercultural como condición irrenunciable de una atención a la
infancia que sea verdaderamente digna, equitativa y respetuosa de la diversidad
humana.
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